La
postura de la impostura es siempre la misma: una figura rígida,
desmemoriadamente ágil e incólume (no sé muy bien ‒ni muy mal‒ qué significa
esto último, pero estoy seguro de que le viene bien a la definición: ¿será una
palabra impuesta?). Algo así puede pensar quien lee el último libro de Javier
Cercas, El impostor (Barcelona, Penguin
Random House, 2014), después de haber cambiado su óptica sobre la ficción con La mirada del documental. Memoria e
imposturas de Juan Antonio Ríos (Alicante, UA, 2014). El impostor, Enric
Marco (¿o Javier Cercas? ¿o el escritor? ¿o el profesor? ¿o todos?), dice vivir
una vida distinta a la que según la memoria histórica (valga, a priori, la
‒paradójica‒ redundancia) ha vivido. ¿Qué respuesta extraemos de todo esto? Seguramente
ninguna; pero ese es el fin del arte: la inquietud, el cuestionamiento de una
realidad en la que nos cuesta entrar si no salimos de las guías del cinismo.