domingo, 17 de mayo de 2015

Pedro y el Capitán

Ayer, sábado 16 de mayo, se representó en El Campello Pedro y el Capitán: una iniciativa personal de los actores Sergio Sempere y Ángel Romero, y de la directora, Victoria Guillén: profesora del Máster en Arte Dramático Aplicado de la Universidad de Alicante. Este texto de Mario Benedetti (hoy se cumplen seis años de su muerte), está producido por Teada y cuenta con la colaboración del Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti.


            Pedro y el capitán es la historia de un torturador y un torturado, por lo que no nos sorprendió ver el tinglado que el PP había montado en la Casa de la Cultura de El Campello. La obra (programada a las 20:00, pero atrasada, misteriosamente, a las 20:30) se escenificó en la Sala Enric Valor y el mitin en el Teatro-Auditorio “Pedro Vaello” (frente al patio en el que se disponía una suculenta picaeta).

            Pero estamos aquí para defender la cultura, y Sergio Sempere y Ángel Romero lo consiguieron; pese al calor, pese a los móviles que constantemente sonaban y vibraban (aun cuando se advirtió que lo apagáramos) y pese a trasiegos inoportunos del público. Pésele a quien le pese, lo que dirige Victoria Guillén (respetando el texto original del uruguayo) está a la orden del día. Torturadores y torturados se relacionan, dialogan, sudan, se miran y viven, incluso muertos.

            Me impacta la gente que no pestañea. Sergio Sempere (Pedro) y Ángel Romero (el Capitán) mantienen los ojos abiertos durante mucho tiempo. Sudan, lloran, y sangran; gritan, susurran y callan; afirman, ordenan y niegan. Decir “No” es sinónimo de picana: la única palabra de origen argentino que se mantiene entre el tú y el usted de dos actores que logran la empatía. El Capitán es capaz de hacer que un monólogo resulte natural. Pedro llora y ríe a la vez, después de transmitir mucho con un saco en la cabeza. Su inicial traje de chaqueta va manchándose y rompiéndose hasta acabar en ropa interior. En cambio, el torturador-torturado mantiene sus botas negras de cuero, altas; así como un pantalón y una camiseta de color oscuro. El cinturón que une ambas prendas sirve para sujetar al torturado-torturador, al final, cuando no puede ya ni permanecer sentado. Es más un gesto de ternura que de dominio.

            El escenario es el que acota Benedetti en Pedro y el Capitán (1979 –digitalizado, como la mayoría de sus textos en la Editorial Sudamericana−:

Escenario despejado: una silla, una mesa, un sillón de hamaca o de balance. Sobre la mesa hay un teléfono. En una de las paredes, un lavabo, con jabón, vaso, toalla, etcétera. Ventana alta, con rejas. No debe dar, sin embargo, la impresión de una celda, sino de una sala de interrogatorios.

            No obstante, en lugar de lavabo, hay una radio, que distorsiona la voz de la realidad, del exterior, de la vida.


            Los textos teatrales pueden leerse, pero realmente se aprecian en el escenario. El viernes 12 de junio podremos disfrutar de nuevo del Arte dramático en el Teatro Arniches de Alicante.

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