miércoles, 10 de diciembre de 2014

Woody Allen: Magia a la luz de la luna



¿Existimos? ¿Existe algo más? ¿Hay magia? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué nos atrae de las personas? ¿Qué personas nos atraen? ¿Por qué? Todas esas preguntas nos surgen a raíz de la última película de Woody Allen: Magic in the Moonlight (2014). El título te puede hacer pensar que se trata de una romántica historia basada en los años treinta, pero Woody Allen no hace esas cosas. Se trata de una reflexión sobre la vida y los límites de esta. Colin Firth y Emma Stone encarnan las vicisitudes de dos humanos que tienen bastante claro lo que no quieren.


Qué gusto da ir al cine a ver una película en versión original. No seríamos más de seis personas en la sala, pero se respiraba el ambiente de las grandes noches. Y no es para menos: Woody Allen lo volvía hacer. El anuncio de la lotería de la navidad (buenísimo, por cierto) presagiaba algo bueno. 


La misma tipografía de los mismos nombres servía de preliminar. La música (destacada la Séptima sinfonía de Beethoven ‒sobre la que se diserta en el texto filmado‒) introducía unas escenas preciosas, externas y cotidianas. La cámara nos muestra la primera escena de tal modo que nos creemos uno más del elegantísimo público boquiabierto que asiste a los trucos de un mago pseudochino en el Berlín de 1928. El vestuario, al servicio de una española, embellecen a los protagonistas de tal modo que cuando se les ve en la entrevista de la película, a posteriori, uno tuerce el gesto. Seguramente Woody Allen escribiera esta historia pensando ya en quién representaría al personaje femenino, pues destaca lo mejor de Emma Stone: su sonrisa. La tía del desenmascarador desenmascarado es tierna. A ella se debe el mejor diálogo, el más común entre los mortales, y dicho casi sin palabras; justo después de que la historia girara de tal modo que se hizo un silencio sepulcral en la sala (el mismo, estoy casi seguro, que se hubiera hecho si estuviera repleta).


Al salir le pregunté sobre la película a una chica rusa que también salió por donde no era. "Muy bonita, me encanta" dijo. “¿Te gusta Woody Allen?”‒ le pregunté. “Vengo por Colin Firth” ‒ respondió. Sin embargo, no me defraudó. Es cierto que ambos actores principales lo bordan. No sé por qué él me recuerda a Robin Williams. No extrañé la presencia del actor Woody Allen (si es que alguna vez deja de serlo). Ahora sí, cuando está en pantalla, el riesgo del éxito desaparece en un seguro y risueño aplauso. Eché en falta, por momentos, que la película estuviera rodada en blanco y negro; pero cuando aparece la imagen junto al mar, me arrepiento de ese pensamiento.
 
Durante la magia a la luz de la luna (el arte de la pasión al reflejo de la razón, entendiendo pasión como vida y razón como existencia) me surge un mar de dudas sobre los temas woodyallenescos: vida, amor y muerte. Y ahora recuerdo la conferencia de Zurita sobre “Amor y apocalipsis” que dio hace un mes en Chile, donde explica que "La nuestra es una historia de amor y supervivencia". ¿Qué condiciones se dieron para que justo en este momento esté ocurriendo lo que está ocurriendo y no otra cosa?



Anoche, al llegar a casa, estaba la luna; ¿y la magia?
 No sé. Y me alegro de ello. Si no, ¿qué pedo? Hay veces que voy por la calle y creo ver a alguien conocido al que hace tiempo que no saludaba; cuando me acerco me doy cuenta de que no es quien yo creía: sin embargo, mágica mente, enseguida me cruzo con esta persona. O hay otras, en cambio, o de igual manera (como ahora), que estoy escribiendo una palabra, poco usual ("marioneta", por ejemplo) y la escucho en la radio. Esto tendría más sentido si estuviera encendida...
En fin, la película hay que verla. Woody Allen (me encanta este nombre) teje unas historias de tal manera que cuando parece que ha llegado al final, te vuelve a sorprender. Es capaz de atrapar al espectador, después de casi ochenta años y de tantas películas (casi como sus años). Cuando parece que va a terminar, dices: no puede seguir de otra manera; pues sigue. Y es que el final (no sé si será porque últimamente no me gustan los finales, o porque no quiero que nada se acabe

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